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El estrés se produce cuando los sucesos de la vida superan nuestra capacidad para afrontarlos. Aunque puede afectar a todos los órganos y funciones orgánicas, sus efectos se concentran sobre el corazón y sistema cardiovascular, que se ve obligado a trabajar de forma forzada, y sobre el sistema inmunitario, que reduce su efectividad lo que provoca una baja en las defensas contra las infecciones y contra otras enfermedades. Suele ir acompañado de nerviosismo y ansiedad.
El estrés en bajos niveles es bueno ya que nos ayuda a reaccionar ante una situación de peligro: el corazón late más deprisa, aumenta la presión de la sangre y otros sistemas corporales se preparan para enfrentarse a la amenaza. El problema surge cuando el estrés continúa. La exposición prolongada al estrés agota las reservas de energía del cuerpo y puede llevar a situaciones extremas y alteraciones como la jaqueca, el dolor de espalda, el asma, la úlcera péptica, la hipertensión, el asma y los trastornos de la piel.
Así, se han identificado tres etapas en la respuesta al estrés:
-En la primera etapa de alarma el cuerpo reconoce la amenaza y se prepara para la acción (huir o enfrentarse al agresor): las glándulas endocrinas liberan hormonas que aumentan los latidos del corazón y el ritmo respiratorio, elevan el nivel de azúcar en la sangre, incrementan la transpiración, dilatan las pupilas y hacen más lenta la digestión.
-En la segunda etapa de resistencia el cuerpo repara cualquier daño causado por la reacción de alarma. Si el estrés continúa, el cuerpo permanece alerta y no puede reparar los daños.
-Si continúa la resistencia se inicia la tercera etapa de agotamiento, con graves consecuencias para la salud.
Fuentes: Guía de salud Consumer Eroski (http://saludyalimentacion.consumer.es) Asociación Española de Psiquiatría (www.intersep.org/hospnac) |